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El Hombre Linterna - Donald Schenker

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El Hombre Linterna - Donald Schenker

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DESCRIPCIÓN

El hombre linterna


Aquí, en mi oscura habitación, él
me muestra el cáncer que lo mató.

Abre su camisa y allí está,
resquebrajándose en la jaula de su pecho
sin calor, sin humo, el brillo
que nos fue dado siendo niños.

Imagina eso todavía
ardiendo, así, tan luminoso,
y él acarreándolo consigo
por todo el camino hasta aquí.


RESEÑA Y EL AUTOR:

¡El poeta es un genio maldito!
Una mañana andaba caminando por el centro y, como es costumbre, me paré frente a la vitrina de Rubén Libros a chusmear qué había, hasta que decidí entrar a buscar algún libro de Charles Bukowski. Cuando entré a la tienda me encontré con la querida poeta Mariela Laudecina y, entre charlas y charlas, me recomendó una lectura que prometía ser devorable. Fue así que abandoné la búsqueda de algunos poemas enchastrados del viejo Hank Chinaski para sumergirme en la lectura de El Hombre Linterna, el inquietante libro de poemas de un tal Donald Schenker, un tipo que supo naufragar en las tormentosas aguas de la literatura Beat para luego descansar en las suaves orillas de una poesía despojada de mareo.
Donald Schenker es uno de esos tipos al que uno quisiera entrevistar, invitarlo a tomar un café o a comer un asado y dejar las horas libradas a la magia de las palabras.
El poeta nació en New York en 1930, y luego se radicó en San Francisco donde compartió la escena literaria de la época junto a sus camaradas Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs y la troupe de artistas e intelectuales de esa gran movida contracultural llamada Beat Generation, el jazz y el Be-bop. En 1985 le diagnosticaron cáncer y, junto a su esposa Alice, se fue a vivir a una cabaña al norte de California donde desarrolló los poemas de El Hombre Linterna. Los robles, las sombras del bosque y la búsqueda de la paz acompañarán a Schenker hasta su muerte en el año 1993.
Resulta extraño enfrentarse con la poesía de Donald Schenker ya que en ella la vida transcurre lenta y pesada, similar a un pesebre, a un paisaje enfrascado; el poeta se erige como el espectador de una obra de teatro en el cual las escenas son lerdas. La vida es observada desde una butaca en un teatro vacío y silencioso. Los poemas fluyen como un diálogo, como una voz que suena sabiendo que hay un oído atento escuchando a esa voz pausada con un ritmo entre cansino y misterioso, una voz que suena perdida, pero segura, en la profundidad de la noche, en una siesta encerrada tras las oscuras cortinas de una habitación.
La característica de muchos de los poemas de El Hombre Linterna es que nos sugiere una idea de trascendencia humana y terrenal. El narrador, el poeta, la figura que se hace cargo de las palabras vertidas nos tiende una mano desde arriba: con un lenguaje sencillo logra una profundidad filosófica tan aguda como apaciguante, como cuando alguien encuentra la seguridad de saber que hay alguien que pone las certezas que uno hubiera querido expresar.
La verdad es que cuesta leer a Schenker y vincularlo con toda la locura vertiginosa de la literatura Beat de los años 50 y 60. ¿Cómo ligar los poemas de El Hombre Linterna al mareo y la velocidad planteada por Allen Ginsberg en el poema “Howl” (“Aullido”)? ¿De qué manera podemos unir la poesía de Donald Schenker a los desiertos hirvientes y las ciudades descontroladas de On The Road (En El Camino), esa mágica obra iniciática que dio origen a un sin fin de matices y expresiones contraculturales? ¿Qué tienen en común estos poemas con los desprolijos derroteros de El Almuerzo Desnudo, de Burroughs? Algo tienen en común: la musicalidad, el uso del verso libre al modo de los fraseos del jazz, la frescura de un lenguaje desprejuiciado y eternamente joven, cotidiano.
En los poemas de El Hombre Linterna podemos transformar la palabra en notas musicales, podemos convertir el libro en un disco. La libertad de la palabra suelta en la hoja como una banda en una Jam Session, como el solo experimental y tranquilo de un guitarrista viejo, como el viento filtrándose entre las hojas de un bosque.
Y es el bosque el lugar que Schenker eligió para desarrollar los poemas de El Hombre Linterna. Como Keroauc huyendo de San Francisco hacia el Big Sur californiano en busca de la paz, lejos de los delirium tremens provocados por las drogas y el exceso de alcohol, Donald Schenker también huyó de la ciudad para refugiarse en la tranquilidad del norte californiano. El Hombre Linterna es un diálogo introspectivo con la naturaleza, con los robles, con la mágica profundidad de la noche, con los coyotes, con el amor y con el silencio. El amor y el dolor son los indiscutibles motores vitales del arte.
“La noche me desea locamente. Me presiona con olores oscuros. Me canta con voces de cigarra, me colma de estrellas. La noche me acuesta. Muchas veces la noche me transforma. A lo largo de la noche, la noche y yo. ¿Quién puede resistirse a la noche?”
Así escribe Donald Schenker. ¡El poeta es un genio maldito!

Fuente: https://www.diarioalfil.com.ar/2016/05/10/donald-schenker-hombre-linterna/
Por Santiago Pfleiderer


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